Proyecto de Resolución
Destacando la personalidad de Marshall Meyer.
Expediente: HCD-301/2013
Autor: Raúl Woscoff
Bloque: Integración Ciudadana
PROYECTO DE RESOLUCIÓN
VISTO
La recordación del golpe militar ocurrido en marzo de 1976, y,
CONSIDERANDO
Que en este HCD se vienen realizando, en forma anual, y en recordación de aquel aciago 24 de marzo de 1976 diferentes jornadas de reflexión que rescatan invalorables experiencias personales de quienes fueron víctimas de la represión y de quienes lucharon por salvar sus vidas;
Que parece oportuno ir al rescate de una personalidad que desde su actividad pastoral como rabino demostró valentía y solidaridad para enfrentar a los mercaderes de la muerte;
Que se trata de Marshal Tehodore Meyer (1930-1993). Nacido en Brooklyn, U.S.A, en 1930 se crió en Norwich, Connecticut. Se graduó en la Universidad de Dartmouth en 1952 y recibió su ordenación rabínica en 1958 en el Jewish Theological Seminary of America. También estudió en la Universidad Hebrea de Jerusalem (1955-56) y recibió su doctorado en filosofía de la religión en Columbia University y en el Union Theological Seminary;
Que integrando el llamado movimiento conservador, llegó con su esposa Naomi a iniciar su actividad rabínica en nuestro país;
Que desde el comienzo su impronta fue diferente a la habitual. Pretendió convocar a los sectores juveniles y planteó la necesidad de acercar a la comunidad con aquellos sectores más postergados de la sociedad
Que esa visión de su actividad como líder espiritual chocaba con hábitos de una comunidad alejada de ese compromiso social contenida en un ritualismo incapaz de promover cambios sustanciales en su comportamiento religioso;
Que su tarea fue fructífera fundando la comunidad "Bet El" y el "Seminario Rabínico Latinoamericano", entidad esta última de la que egresaron numerosos rabinos que desarrollaron y desarrollan su actividad no solo en nuestro país sino también en toda Latinoamérica;
Que producido el golpe de 1976 Marshall Meyer se involucra decididamente en defensa de los perseguidos, reclama por detenciones ilegales, es miembro de la APDH y del Movimiento Judío por los Derechos Humanos;
Que corriendo riesgos no vaciló en enfrentarse a los victimarios, y ejemplo de ello es el relato que me permito transcribir porque demuestra la valentía de Marshall Meyer. En él se alude a la detención de Jacobo Timerman, y su hijo, el actual canciller Héctor Timerman, es su principal protagonista;
Que la editorial Capital Intelectual pública su biografía, “Marshall Meyer, el rabino que le vio la cara al diablo”, donde el autor Diego Rosemberg, relata la visita de Meyer y Timerman al represor Etchecolaz:
“Vos tenés a mi oveja”, le dijo Meyer al represor Miguel Etchecolatz.
Cuando sonó el teléfono, el rabino salió disparado. No le importó que
faltaran pocas horas para el inicio del Shabat ni para el servicio
religioso que, como todos los viernes por la noche, debía oficiar en
la sinagoga de su comunidad, Bet El, en el barrio de Belgrano.
Marshall Meyer había escuchado del otro lado de la línea la voz
angustiada de Héctor Timerman, que le decía que no sabía dónde habían
trasladado a su padre, Jacobo Timerman, secuestrado por segunda vez
por un grupo de tareas de la dictadura militar, en julio de 1977.
Héctor Timerman había recorrido Tribunales, la Casa de Gobierno y el
Primer Cuerpo del Ejército y en ningún sitio recibía información sobre
el paradero de su papá, el director del diario La Opinión, que había
desaparecido de su celda del Departamento Central de la Policía Federal.
Desesperado, decidió ir a pedir información en persona al comisario
Miguel Etchecolatz, Director de Investigaciones de la temible Policía
Bonaerense y mano derecha del general Ramón Camps, número 1 en el
aparato represivo de la provincia de Buenos Aires en aquellos años
oscuros.
El hijo del mítico periodista –que entonces tenía 23 años– no se
animaba a ir solo y por eso acudió a Meyer, que estaba conteniendo
espiritualmente a su familia desde que los militares habían detenido
por primera vez a su padre, el 15 de abril de 1977.
Meyer escuchó con atención el relato de Héctor y no dudó ni un
instante en acompañarlo y viajar hasta el mismísimo infierno para
disputarle, cara a cara, uno de sus fieles al diablo.
En el camino hacia La Plata habían acordado que sólo hablaría Héctor,
que preguntaría por su padre y que no entraría en discusiones sobre
los motivos de la detención ni el trato humillante que había recibido
desde que se lo llevaron. Cuando llegaron a la Jefatura de la Policía Bonaerense debieron soportar una larga espera hasta que Etchecolatz los hizo pasar a su oficina. Como habían convenido, el único que habló fue Héctor: dijo
que su padre había sido trasladado, que desconocía su paradero y
agregó que su madre tenía los nervios destrozados.
Fue un monólogo que duró unos diez minutos hasta que, sin más que
decir, el joven calló y la oficina quedó invadida por un silencio que
aturdía. Etchecolatz, que exhibía su mejor mirada torva, aprovechó el
vacío y apuntó con sus ojos a Meyer. –Y usted, cura, ¿quién es? –prepoteó el comisario, que recién en 2006
fue condenado a cadena perpetua por los crímenes de lesa humanidad
cometidos como funcionario de la dictadura militar que gobernó la
Argentina entre 1976 y 1983. El rabino no se amilanó. Se levantó de su silla, a paso firme dio la vuelta al escritorio que lo separaba de Etchecolatz, se detuvo a escasos treinta centímetros y mirándolo a la cara lo increpó:
–Este cura es un pastor que busca a una oveja de su rebaño y sé que
vos sos el ladrón que te la llevaste. Soy el pastor de Jacobo Timerman
y vos tenés a mi oveja. No me voy hasta que no me la devuelvas –dijo
Meyer, que tuteaba a todo el mundo, aun a quienes despreciaba
profundamente.
Así había aprendido a hablar castellano en 1959, cuando llegó desde su
Nueva York natal a la Argentina, pensando en quedarse apenas dos años
y sin sospechar que viviría aquí un cuarto de siglo. La mirada
desorbitada de Etchecolatz, de pronto, cambió de destinatario.
Ahora apuntaba a Héctor Timerman, que ante tanta tensión también se
había parado. Por primera vez, el policía buscó cierta –pero infeliz–
complicidad con él:
–Por bastante menos que esto, acá hay muchos que… –el comisario
interrumpió en seco la oración y comenzó a agitar una de sus manos
hacia el cielo. A los dos visitantes les quedó claro el significado.
No fue ésa la primera ni la última amenaza que recibió Meyer en su
estadía en la Argentina. Pero como a todas, le restó –o hizo que le
restaba– importancia. Héctor Timerman le pidió por favor al rabino que se sentara y le rogó al comisario para que volvieran a hablar sobre el destino de su padre. Etchecolatz finalmente se sentó y sin abandonar el tono marcial le dijo: –Vuelva a su casa. A las 15 horas lo van a llamar con una dirección
donde podrá ver que su padre está vivo.
Con puntualidad suiza, el teléfono de la familia Timerman sonó ese
viernes a las tres de la tarde. Un emisario de Etchecolatz les dio una
dirección en el municipio de Quilmes. Hasta allí fueron Meyer, Héctor
y Risha, la esposa de Jacobo Timerman. Cuando llegaron al lugar
advirtieron que se trataba de una comisaría legalmente constituida.
Como al religioso no lo dejaron entrar, sólo ingresaron Risha y
Héctor, que se preguntaba intranquilo si todo no sería una trampa de
los represores para deshacerse del rabino.
Después de un largo rato, llegó un patrullero del que bajó Jacobo,
quien se sorprendió al ver a su familia. No los dejaron hablar, sólo
pudieron verse las caras durante cinco minutos. No obstante, los
Timerman recuperaron cierta tranquilidad: interpretaron que el hecho
de haber podido ver a Jacobo con vida en una dependencia legal haría
que fuera mucho más difícil para los militares asesinarlo.
Cuando Héctor, Risha y Meyer emprendieron el regreso ya había
comenzado a anochecer. Héctor no decía nada, pero aceleraba cada vez
más. Quería regresar rápido a la Capital porque con la salida de la
primera estrella había comenzado el Shabat; lo mortificaba pensar que
por haberlo acompañado a ver a su padre, el rabino no llegara a tiempo
para oficiar la ceremonia religiosa en Bet El y, encima, se viera
obligado a violar los preceptos religiosos que, entre otras cosas,
prohíben viajar a los judíos observantes en el día más sagrado de la
semana, aquel que consagran a Dios.
–¿Por qué corrés? –preguntó Meyer, el único que se atrevió a romper el
silencio en el viaje de vuelta.
–Es Shabat –quiso justificarse Héctor Timerman.
–Acaso no sabés que para salvar una vida se puede violar cualquier
mandamiento. Salvamos la vida de tu papá y sería una pena que nos
matemos en un choque. Así que manejá tranquilo, que de la teología me
ocupo yo.
Que quizás el nombre de "Marshall" resultó todo un anticipo de su futuro. Sus padres así le llamaron en homenaje a Louis Marshall un defensor de las minorías en EEUU quien enfrentó a Henry Ford por sus expresiones antisemitas. Meyer sumaba a su formación rabínica una cultura muy vasta donde los profetas y sus citas convivían con Shakespeare. Utilizaba la música como bálsamo para mitiga el sufrimiento. La familia de Robert Cox, el director del "Buenos Aires Herald" han dejado claros testimonios de esa particular actitud de Marshall Meyer;
Que con el advenimiento de la democracia el Presidente Raúl Alfonsín lo propuso como integrante de la CONADEP. Pocos recuerdan que el nombre del "Nunca Más" con el que la comisión brindó su informe fue una sugerencia de Meyer a los restantes miembros, tomando esa frase de los combatientes del Gheto de Varsovia, donde un puñado de judíos lucharon contra la feroz maquinaria del nazismo, seguros de morir reivindicando su libertad;
Que quienes brindaron su testimonio en la CONADEP ante Meyer resaltaron sus virtudes, contenía, auxiliaba ante el dolor;
Que pudo, el autor del proyecto, presenciar los numerosos casos que le aguardaban para ingresar a su oficina y descender juntos al infierno. Su entrevista se refirió a los comportamientos de la comunidad judía en democracia, tema en el que reveló condiciones casi proféticas que a la luz de los atentados a la Embajada de Israel y la Amia adquirieron aquella condición para el suscripto. Aspecto sobre el que el propio Marshall Meyer decía:" no soy profeta, ni hijo de profetas……pero ellos son mis ancestros y yo su heredero…";
Que este sencillo, modesto homenaje, poco agrega a los que Marshall Meyer recibió de su comunidad, del país (la orden del Libertador General San Martín) y otros estados, pero intenta contribuir a hacer conocer experiencias que se ignoran donde un hombre hizo realidad el principio talmúdico por el que al salvar a un hombre se salva a la humanidad;
Que por todo ello el HCD en ejercicio de sus facultades
RESUELVE
1) Hacer conocer el íntegro contenido de la presente a las autoridades del "Seminario Rabínico Latinoamericano" y a la "Comunidad Bet El" destacando, en oportunidad de realizarse las jornadas de reflexión sobre el golpe del 24 de marzo de 1976 en el Honorable Concejo Deliberante de Bahía Blanca, la personalidad de Marshall Meyer.
RAÚL WOSCOFF
CONCEJAL AUTOR

